Todavía no armé la valija, pero ya hice esa cosa bastante ridícula de separar mentalmente ropa como si ir a una feria de arte contemporáneo fuera una mezcla entre viaje de trabajo, excursión afectiva y pequeño rito de pasaje. El viernes temprano me voy a +Feria 2026, y mientras escribo esto tengo encima esa mezcla bastante conocida de cansancio acumulado, entusiasmo real y ansiedad logística. No sé si llevar abrigo liviano o hacerme la fuerte. No sé si voy a dormir en el viaje o mirar por la ventana con esa concentración medio falsa que una pone cuando en realidad está pensando en cinco cosas a la vez. No sé si voy a llegar con ganas de hablar con todo el mundo o si voy a necesitar media hora sola, un café y un baño antes de volver a ser una persona socialmente viable.
Lo único que sí sé es que tengo ganas de ir.
Y eso, que parece menor, últimamente no me parece tan menor. Hay viajes que una tiene que hacer por compromiso, por agenda, por estar donde se supone que hay que estar. Y después hay otros que tienen otra energía, más física, más de desplazamiento real. Como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que necesita moverse de ciudad, salir del circuito de siempre, cambiar de escala, mirar desde otro lugar. Buenos Aires, con todo lo que amo y todo lo que me agota, a veces vuelve el arte contemporáneo una conversación demasiado circular. Una se cruza con las mismas personas, escucha modulaciones conocidas de deseo y cansancio, repite recorridos entre inauguraciones, ferias, museos, cafés de especialidad que salen demasiado caros y veredas donde siempre parece que alguien está por cancelar algo.
Ir a Santa Fe este viernes, entonces, no me aparece solamente como ir a una feria. Me aparece como cambiar de aire, aunque sea por pocos días. Como permitir que otra ciudad modifique la forma en que miro. Y eso, para mí, ya es un montón.
Además voy con colegas, que en estos casos mejora todo. Viajar con gente que mira, comenta, se entusiasma, se cansa, se contradice y sigue caminando tiene su encanto. Hay algo muy divertido en esos viajes donde el plan inicial empieza siendo razonable y a las pocas horas ya se volvió una especie de coreografía imposible. Llegás, dejás la valija, alguien dice que hay que pasar por tal lugar, otra persona avisa que hay una inauguración, aparece una comida, una charla, un desvío, un dato que te pasa alguien local, una dirección anotada a medias, una caminata más larga de lo previsto. Al segundo día ya estás integrada a una mini vida que no existía cuarenta y ocho horas antes. Saludás gente que acabás de conocer como si la hubieras visto siempre. Preguntás dónde queda algo y te contestan con una precisión afectiva que incluye esquinas, árboles, bares, horarios y una opinión sobre la cuadra.
Eso me encanta de visitar otras provincias en estos marcos. Una va por arte, sí, pero se lleva mucho más que obras vistas o nombres anotados. Se lleva una forma de circulación. Un modo de conversación. Un mapa hecho por otros cuerpos. En pocos días una entra, un poco de golpe, en una trama local que no funciona igual que la propia. Y ahí pasan cosas valiosas. No necesariamente grandes epifanías, por suerte. Más bien detalles. Una sobremesa que se estira. Alguien que te cuenta cómo se arma una escena desde lejos del centro. Una caminata entre sedes. Una obra que no esperabas. Un cansancio compartido que termina en risa. La sensación bastante hermosa de estar en un lugar donde todavía no tenés automatizados los recorridos.
Me imagino la escena del viernes temprano con demasiada precisión. Yo tratando de salir de casa sin olvidarme el cargador, que es mi forma más íntima de sabotaje. El teléfono con 100% de batería listo para empezar el día. Una cartera demasiado cargada, porque siempre creo que voy a necesitar dos libros, lentes, pañuelos, agua, algo para estudiar y una birome que después no aparece nunca. Buenos Aires todavía medio dormida, esa hora anterior a su propia histeria, cuando los kioscos recién abren y los taxis parecen más disponibles que en cualquier otro momento del día. Me gusta esa franja porque por un rato todo parece posible y nadie tuvo tiempo todavía de arruinarlo con un mail.
Voy a +Feria 2026, la Feria de Arte Contemporáneo de Santa Fe, que este año sucede del 15 al 17 de mayo en los Altos de la Estación Belgrano. Es su sexta edición y reúne más de cuarenta expositores seleccionados por convocatoria pública nacional, con una presencia fuerte de proyectos de Santa Fe y su área metropolitana, pero también con participación de Paraná, Buenos Aires, San Nicolás y Córdoba. Lo escribo y siento que por un segundo se me ordena demasiado el texto, así que vuelvo a lo que me importa. Me importa estar ahí. Me importa ver cómo una feria se arma desde una escena que tiene su propia historia, sus propias alianzas, su propio pulso. Me importa salir del reflejo automático de pensar que todo lo que pasa en arte contemporáneo se mide desde Buenos Aires.
Eso es algo que quiero mirar con cuidado, sin idealizar. Porque tampoco me interesa viajar a otra ciudad para proyectarle pureza, autenticidad o cualquier fantasía porteña disfrazada de sensibilidad federal. Me interesa más lo contrario. Ver tensiones. Ver cómo conviven deseo, gestión, mercado, identidad, memoria, formación, instituciones, plataformas digitales y ganas reales de encontrarse. Una feria municipal con artistas individuales, galerías, espacios autogestionados, colectivos, editoriales independientes, premios, adquisiciones y alianzas estratégicas no es una cosa simple. Es una concentración momentánea de fuerzas que normalmente están dispersas. Durante tres días, todo eso queda bajo un mismo techo, o alrededor de una misma conversación, y ahí se vuelve posible medir temperatura.
La feria está organizada en tres sectores curatoriales que me quedaron resonando desde que leí el material. Legado, Pulso y Visión. Los nombres podrían volverse peligrosos si se los toma como etiquetas demasiado prolijas, pero también pueden funcionar como pequeñas brújulas si una las usa sin obedecerles del todo. Legado, para pensar trayectorias y continuidades. Pulso, para lo que está atravesado por el presente. Visión, para propuestas más experimentales o proyectadas hacia adelante. Me gusta la idea de recorrer una feria con esas palabras en la cabeza como estados de ánimo, no como cajones. Hay obras que heredan sin parecer antiguas. Hay obras que están tan pegadas al presente que casi se vuelven síntoma. Hay obras que quieren futuro y a veces el futuro les sale raro, torcido, incómodo. Esas suelen interesarme.
También me interesa mucho que aparezca la cerámica litoraleña a través del Taller de cerámica de La Guardia y su Asociación de Amigos. La cerámica tiene esa cosa de cuerpo, fuego, barro, paciencia y accidente. Una técnica que parece antigua porque lo es, pero que justamente por eso nunca está del todo quieta. El Taller de La Guardia tiene sesenta años de historia y trabaja con técnicas antiguas de la cerámica del litoral, transmitidas a infancias, jóvenes y adultos. Me gusta pensar esa presencia en la feria desde la pregunta por la transmisión. Qué se conserva cuando una técnica pasa de mano en mano. Qué se pierde. Qué se inventa sin que nadie lo diga demasiado.
El sábado a la mañana, si todo sale como espero y no me gana esa versión mía que subestima distancias, tiempos de traslado y la necesidad concreta de desayunar, quiero ir a la Fotogalería municipal. Ahí se inauguran dos exposiciones en alianza con Fundación Proa, con curaduría de Cecilia Jaime y Aimé Luna. Una trabaja sobre Buenos Aires a partir de Horacio Coppola y Facundo de Zuviría. La otra reúne registros contemporáneos de Santa Fe con obras de Carolina Tarré, Hurra Grattier, Lucas Castro, Sebastián Pachoud y Gastón Cervino. Me intriga ese contrapunto entre Buenos Aires y Santa Fe desde la fotografía. No solo por las ciudades, sino por el modo en que la fotografía ordena lo urbano y, al mismo tiempo, delata que ninguna ciudad se deja ordenar del todo.
Pienso en la escena posible de entrar a esa fotogalería después de haber viajado. Todavía con una ciudad ajena pegada a la ropa. Ver imágenes de Buenos Aires desde Santa Fe debe producir una distancia rara. Buenos Aires vista desde afuera suele volverse más nítida y más insoportable. Quizás eso también sea parte del viaje. Mirar otra ciudad y, en el rebote, volver a mirar la propia. Me interesa esa incomodidad. Me interesa cuando una imagen no confirma pertenencia, sino que la desacomoda.
Hay otra cosa de +Feria que me interesa porque toca un tema que en ART In Caps aparece todo el tiempo, aunque a veces por debajo. Cómo circula una obra. Cómo se vende, cómo se mira, cómo se legitima, cómo se vuelve accesible o inaccesible, cómo entra a una colección, cómo aparece en una plataforma, cómo se queda en una conversación. Diderot.Art va a presentar “Cápsula Santa Fe”, una sección digital de comercialización online con selección de artistas locales, curada por Stefy Jaugust y Yamile Cabrera. Durante la feria va a haber una pantalla táctil para recorrer esa propuesta, y después la cápsula seguirá en la plataforma durante treinta días.
Me da curiosidad esa escena. Una feria en una estación histórica, con obras, cuerpos, conversaciones, y al mismo tiempo una pantalla táctil donde el mercado se estira más allá del fin de semana. No lo digo con espanto ni con fascinación automática. Me interesa la mezcla. El arte contemporáneo ya vive en esa fricción entre presencia y extensión digital, entre la obra como encuentro situado y la obra como imagen que circula, se guarda, se manda, se consulta, se compra. A veces esa expansión ayuda. A veces aplana. A veces permite que un artista llegue a lugares donde físicamente no iba a llegar. A veces convierte todo en catálogo. No tengo una conclusión cerrada sobre eso, por suerte. Voy a mirar.
También va a estar Giro, la Cámara de Galerías de la provincia de Santa Fe, con reconocimientos y asesoramiento para proyectos de arte de la provincia y la región. Va a estar el Premio In Situ, que por cuarto año acompaña la feria con dos premios estímulo no adquisición. La Fundación La Calandria va a adquirir una obra de un artista santafesino. Y se va a lanzar la Residencia Vergel en Santa Fe, con una convocatoria para becar a un artista local durante seis meses dentro de un equipo de salud de un hospital público, trabajando en diálogo con pacientes y comunidad hospitalaria. Esto último me quedó dando vueltas. No porque crea que el arte tenga que volverse útil para justificarse. Esa discusión me aburre. Me interesa porque desplaza la práctica artística hacia un territorio donde el cuerpo, el cuidado, la espera, el malestar y la institución aparecen de manera concreta. Un hospital no es un concepto. Es un lugar donde el tiempo se vuelve espeso. Que una residencia artística se piense ahí abre preguntas que me dan ganas de escuchar antes de opinar.
Y quizás todo esto sea lo que más me entusiasma. La feria como concentración momentánea de energías que normalmente están dispersas. Artistas, galeristas, espacios autogestionados, editoriales, instituciones, plataformas, premios, fundaciones, público, colegas, anfitriones, conversaciones que empiezan al pasar y después terminan definiendo el día. Hay algo casi teatral en eso. Una escenografía de circulación donde cada quien llega con sus expectativas, su cansancio, sus obras, sus carpetas, sus conversaciones pendientes, sus fantasías de futuro y sus zapatos probablemente mal elegidos.
Yo voy con ganas de mirar, pero también con ganas de dejarme sorprender por lo que no fui a buscar. Eso es más difícil de lo que parece. Cuando una trabaja escribiendo sobre arte, a veces llega a los lugares con una especie de radar demasiado entrenado. Detecta temas, gestos, tendencias, discursos, repeticiones. Eso sirve, claro. Pero también puede volver la mirada un poco defensiva. Como si una entrara a una feria preparada para entender rápido. Y yo no quiero entender rápido. Quiero sostener un poco la confusión. Quiero poder acercarme a una obra sin resolverla en una frase mental para después usarla. Quiero escuchar cómo habla la gente de sus trabajos cuando no está recitando un statement. Quiero ver qué pasa entre una obra y otra, en esos espacios laterales donde a veces aparece lo más interesante.
Capaz después me ven caminando con cara de concentración dramática y en realidad estoy pensando si comí suficiente. También puede pasar. Una no deja de tener cuerpo porque está en una feria. A veces las ideas más serias se caen por hambre, por frío, por un dolor de pies, por no haber tomado agua. Hay algo bastante honesto en esa dimensión física de las ferias. Mirar arte durante horas no es una actividad pura. Se mira con la espalda, con las rodillas, con el sueño, con el café de más, con la necesidad de sentarse cinco minutos en cualquier borde disponible. Y eso también modifica el juicio. La obra que te detiene cuando ya estás cansada tiene otro tipo de fuerza. Más concreta, quizás. Menos negociable.
Vengo de semanas bastante cargadas y tal vez por eso este viaje me importa más. No como descanso, porque claramente no sé descansar y a esta altura sería ridículo fingir. Pero sí como desplazamiento. Como una forma de volver a conectar con algo que a veces, entre mails, posteos, cierres, textos, correcciones, calendarios y la maquinaria bastante absurda de sostener proyectos culturales, se vuelve medio fantasmático. El arte no pasa solamente en los textos sobre arte. Pasa en el traslado, en la conversación desprolija, en una obra que no sabés si te gusta pero te deja pensando, en el saludo a alguien que conocías solo por Instagram, en la ciudad que te obliga a caminar distinto, en la mesa donde alguien dice algo que te queda pegado dos días.
También pasa en esa locura hermosa de los planes encadenados. Una llega pensando que va a hacer tres cosas y termina haciendo siete. Se promete dormir temprano y termina en una charla que no estaba prevista. Cree que va a tener un rato libre y ese rato se convierte en una visita, una invitación, una caminata, una comida, una recomendación local. Eso, cuando una está bien acompañada, puede ser una felicidad muy específica. La felicidad de cansarse con sentido, de compartir impresiones en caliente, de discutir una obra mientras cruzás una calle, de que alguien del grupo vea algo que a vos se te había pasado. Viajar con colegas también es eso. Una mirada se multiplica. Una se vuelve menos solemne. Se ríe más de sus propias teorías. Se permite cambiar de opinión más rápido.
Voy a Santa Fe con esa disposición. Cansada, sí. Entusiasmada, también. Un poco sobreactuada en mi fantasía de viajera lúcida, bastante probable que me equivoque con alguna decisión práctica, y aun así contenta de ir. El viernes temprano, cuando esté saliendo con la valija mal armada y el teléfono ya pidiéndome clemencia, voy a tratar de acordarme de esto. De que a veces moverse hacia una escena también es una forma de escucharla mejor.
Si están en Santa Fe, si van a pasar por la Estación Belgrano, si se acercan a la feria, capaz nos cruzamos. Yo voy a estar mirando obras, intentando no perder nada, fallando en eso como corresponde, siguiendo planes que seguramente se van a desordenar, y buscando esa clase de imagen que justifica un viaje sin necesidad de explicarlo demasiado. Una pieza de barro, una pantalla encendida, una foto de una ciudad vista desde otra, una conversación al costado, la luz de la estación a la tarde. Algo de eso, espero, va a volver conmigo.
Abrazo,
Julieta


