Hola, te saludo nuevamente desde Buenos Aires, donde septiembre todavía está indeciso entre guantes y mangas cortas.
El otro día, saliendo rumbo al Museo Sívori, me pasó algo tan simple que me descolocó: el sol me dio de lleno en la cara. Y para alguien que siempre se declara amante del frío —esa persona que celebra las corrientes de aire y busca sombra aun en invierno—, la sorpresa fue que no lo rechacé. Al contrario: me descubrí sonriendo.
Ese rayo de luz funcionó como un recordatorio mínimo, un paréntesis en la rutina cansada de estos meses. Una especie de pausa no programada. Me hizo pensar en cómo, a veces, lo que nos recarga no son las grandes revelaciones sino los gestos más domésticos de la ciudad: un sol tímido, el rumor de las hojas de los árboles, la posibilidad de llegar a una muestra con el ánimo un poco más liviano.
Capaz todo el newsletter de hoy se ordena alrededor de esa sensación: el cansancio acumulado y, de pronto, el calorcito que te devuelve un poco de energía.
Pero claro, esa chispa de energía no alcanzó para tapar el cansancio de las últimas semanas. Si estuve medio desaparecida de estas cartas fue porque las ferias me pasaron por encima. ArteBA, AFFAIR, BADA: un maratón de stands, copas levantadas, pasos acumulados en el reloj y, sobre todo, la sensación de estar atrapada en un loop de caras conocidas que se repiten una y otra vez.
No escribí nada sobre eso porque, seamos sinceros, no me cambió la vida ni creo que haya cambiado la del arte. Las ferias movieron la aguja —o mejor dicho, los dígitos de las ventas—, y me alegra que así haya sido. Pero ese análisis económico no me pertenece, para eso están otras columnas y otros cronistas.
Lo que sí me quedó fue el cuerpo agotado: caminar, parar, seguir, brindar, repetir. Una especie de coreografía sin música que te deja más vacío que inspirado. Y en ese desgaste se confirma algo: a veces lo más honesto es aceptar que no siempre tenemos energías destinadas a cubrirlo todo.
Aunque las ferias bajaron el telón y mi cuerpo pedía cama, la agenda no aflojó. Entre lecturas para la facultad y proyectos que siguen multiplicándose, la rutina se volvió otro tipo de feria, pero de escritorio y cuadernos subrayados.
Con Arteconectados —la productora cultural que nació en medio de ArteCo junto a Juan Batalla, Rosario Bernasconi y Vanesa Catellani— estamos en pleno movimiento. Proyectos nuevos, reuniones que parecen maratones de ideas y, lo más visible: una agenda cultural enorme y siempre al día. Si te interesa seguirle el pulso a la ciudad (y sospecho que sí, porque estás leyendo esto), podés ver todo lo que está en cartel acá o sumarte a nuestro Instagram.
Aclaro: en ART In Caps nunca me propuse cubrir agendas —prefiero detenerme en lecturas y preguntas más largas—. Por eso este otro espacio es clave para mí: funciona como antena y me permite estar conectada gracias a un equipo que admiro. Ellos sostienen esa pata práctica, y yo puedo dedicar este espacio a lo que más disfruto: pensar, escribir, mirar.
¿No es curioso cómo los proyectos paralelos a veces terminan dándole aire a lo que parecía imposible de sostener sola?
Y mientras tanto, claro, quedaron en el camino un montón de muestras que no llegué a ver, agendas que no pude subir, invitaciones que se me escaparon del calendario. La segunda mitad del año parece haber decidido apilar proyectos como si quisiera probar hasta dónde llega mi paciencia.
Lo curioso es que no lo vivo con frustración, sino con un raro alivio: prefiero esta saturación a los meses en los que apenas había algo para recorrer. Es un poco como sentarse a una mesa demasiado servida: no vas a poder probar todos los platos, pero la abundancia en sí ya es un regalo.
Y aunque me pese perderme algunas cosas, celebro esa sensación de desborde. Porque significa que la escena está viva, que sigue generando movimiento más allá de lo que podamos abarcar con los pies o con la mirada.
Entre tanto ruido, logré guardar algunos momentos de calma que sí quiero compartir. Pasé por Ruth Benzacar, donde escribí dos textos que quedaron como cápsulas de esa visita: uno titulado No sé qué sentir y otro, Refugio. Dos intentos de atrapar lo que pasa cuando las obras se plantan frente a uno y te dejan con más preguntas que respuestas.
Después de esa recorrida, me escapé a Raíz, un café de especialidad a unas cuadras en Aguirre 1015. Y ahí probé un nube dorada. Lo recomiendo, aunque confieso que el nombre todavía me genera dudas. Capaz habría que rebautizarlo, pero mientras tanto, el sabor justifica la extravagancia.



Me gusta pensar estas paradas como un mapa paralelo: las galerías y los museos por un lado, los cafés y sus mesas por el otro. Dos modos distintos de hacer pausa, de tomar notas, de seguir la conversación con uno mismo.
Entre esos trayectos intensos también me escapé un día a Fundación PROA para ver Kara Walker. Es una de esas muestras que te sacuden: densa, sin concesiones, profundamente bella. Walker no teme usar la silueta, el contraste, la sombra para desarmar relatos oficiales, para hurgar en imágenes poderosas de poder, raza, memoria. Ver su obra me dejó con el corazón acelerado —en el buen sentido— pensando en cuánto necesitamos que el arte se atreva a hablar de lo que molesta y lo que duele.
También recorrí Human del Prix Pictet & Pictet Photography & Sustainability: doce fotógrafos que, desde distintos rincones del planeta, toman la lente como herramienta de urgencia. Migraciones, territorios, comunidades desplazadas, la relación incierta del ser humano con su ambiente: todo eso se ve en la sala, no como denuncia espectral sino como reflexión vívida, como pregunta extendida.
Y no lo dejé ahí: fui también a la inauguración de la muestra del Fondo Nacional de las Artes en la Casa Victoria Ocampo "Eduardo Mac Entyre y Miguel Ángel Vidal. Arte generativo: el futuro a crear", donde el arte generativo argentino se hizo presente con su fuerza geométrica y una apuesta de futuro. Además, se ve que la suerte siguió de mi lado, porque en el Palacio Libertad está la exhibición de Cristian Mac Entyre sobre La piel del color que resonó mucho conmigo.



(Paréntesis rápido: el arte generativo me late fuerte. Como crítica, como experimentadora, como ingeniera de software también —quienes me conocen saben que en ratos muertos de compilaciones infinitas me dedico a producir piezas generativas digitales. Esa doble vida de programadora/artista es parte del motor que me sostiene).
Pero entonces, volviendo al inicio: esa caminata al Museo Sívori no fue casual. Todo el cansancio de las ferias, las corridas y hasta la sobrecarga de agendas parecían alinearse para llevarme ahí, a la muestra de Andrés Paredes.
Entré agotada, salí distinta. Fue como si esa sala hubiera encontrado la forma de devolverme la energía que venía gastando a cuenta. Texturas, pesos, ese diálogo con la naturaleza que no se queda en la postal sino que se mete en el cuerpo. Terminé escribiendo sobre la experiencia en Un puñado de tierra, un intento de capturar lo que pasa cuando una obra te recuerda que seguimos siendo materia frágil, pero también fértil.



Quizás todo lo demás —las ferias, los cafés, el sol inesperado en la cara— fue apenas el preludio para llegar a ese momento. Como si la semana hubiera estado diseñada para mostrarme que todavía hay obras capaces de sacudirnos con suavidad y, al mismo tiempo, con firmeza.
Con esa energía recuperada, también se abrieron panoramas hacia lo que viene. No suelo adelantar demasiado, pero me entusiasma contar que se vienen curadurías propias —y no lo digo con ánimo de alardear, sino con la alegría de compartir lo que se está gestando—.
Una será junto a la increíble Dominique Vispo, en Palos, un espacio que nos abrió sus puertas para habitarlo con riesgo y frescura. La otra todavía está en estado verde, creciendo en conversaciones y bocetos con una colega y amiga muy querida, pero ya promete mucho.
Son proyectos que todavía me piden silencio más que discurso, pero me gusta dejarlos acá como señal de que el trabajo continúa en capas menos visibles. Como semillitas bajo tierra, esperando el momento de asomar.
En medio de tanto correr, agradezco otra cosa que no aparece en ninguna agenda oficial: los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas con amigos y colegas. Esos ratos de mesa larga en los que todavía se piensa, se discute, se arriesgan ideas sin miedo al silencio incómodo.
Ahí es donde siento que se enciende lo verdaderamente valioso: el juicio crítico al sol, la posibilidad de disentir con cariño, de hilar fino sobre lo que vemos y lo que hacemos. A veces una charla en un bodegón puede iluminar más que una sala entera.
Me gusta pensarlo como un tejido invisible: cada encuentro suma un hilo, y al final uno se da cuenta de que no está tan solo cargando preguntas.
Y para cerrar la semana, una nota de viaje: este fin de semana voy a estar en Montevideo. No con el perfil artístico que suelo traer por acá —más bien escapada, descanso, cambio de aire—, pero si aparece alguna invitación cultural, no me voy a quejar.
A veces salir de la propia ciudad funciona como reset: cambiar de calles, de cafés, mirar vitrinas distintas y ponerme al día con un buen medio y medio. Aunque no vea una sola obra, sé que algo de esa otra orilla se va a filtrar después en lo que escriba.
Quizás el hilo de este newsletter sea ese: cansancio, pausa, sol en la cara, y un viaje corto que abre otra ventana. Una especie de entrenamiento para recordar que la energía también se renueva en los gestos simples: caminar otra rambla, escuchar otro murmullo de ciudad, volver con los ojos un poco más abiertos.
Un abrazo,
Julieta



