Ayer, en algún punto entre el último café de aeropuerto y el primer silencio real en mi casa, me di cuenta de que había vuelto. No fue inmediato. El cuerpo todavía estaba en otra frecuencia, como si hubiese quedado enganchado en ese loop medio artificial de salas de espera, boarding groups y pantallas que nunca terminan de decirte nada. Llegué cansada, de ese cansancio raro que no es solo físico sino también una especie de saturación de estímulos, de haber estado demasiado tiempo “afuera”. Pero también con esa sensación —que aparece cada tanto y que siempre me sorprende— de haber hecho algo bien.
El viaje fue largo. Largo para mi gusto, que no es precisamente el de alguien paciente en tránsito. Muchas horas, muchas pausas innecesarias, ese tipo de espera que no descansa sino que agota. Pero hubo algo que hizo que todo eso valiera la pena de una forma bastante inmediata, incluso antes de aterrizar: viajé con una amiga que también es colega, que también es socia, que también es —y esto no es menor— cómplice de muchas de las cosas que más me importan. Y hay algo en eso que no es fácil de explicar sin caer en frases medio hechas, pero lo intento igual: cuando compartís un viaje con alguien que piensa con vos, que mira con vos, que incluso se cansa con vos, todo se ordena distinto. Hasta lo incómodo se vuelve más llevadero. Soñado, sí, pero en un sentido bastante concreto.
Lima apareció primero como una especie de calma inesperada. No sé bien cómo decirlo sin que suene contradictorio, pero lo es. Hay algo en el ritmo de Perú —al menos en lo poco que vi— que parece desbordado en ciertos momentos, sobre todo en la calle, sobre todo en el tránsito. Manejan como si las reglas fueran sugerencias, como si cada esquina fuera una pequeña negociación en tiempo real. Y, sin embargo, hay otra capa completamente distinta, casi opuesta, en la forma en que te reciben, en cómo te sirven un plato, en cómo te hablan. Una especie de hospitalidad tranquila, sostenida, que no tiene nada de forzada. Me pasó varias veces sentir que estaba en medio de algo caótico y, al mismo tiempo, profundamente en paz. Como si las dos cosas no solo coexistieran, sino que se necesitaran.
Hay una escena que se me quedó bastante grabada. Primer o segundo día, ya no me acuerdo bien. Estábamos esperando mesa en la vereda de Punto Azul, el lugar parecía para turistas pero terminó siendo lo mejor que me podía pasar. Afuera, bocinas, motos, gente cruzando por donde puede. Adentro, una mesa larguísima de gente riendo. Nos trajeron pisco sour —porque sí, también comí mucho dulce, ya vamos a eso— y en ese momento me di cuenta de que estaba completamente tranquila. No pensando en la feria, no pensando en nada que tuviera que hacer después. Solo ahí. Es raro que me pase eso.
También vi muchas aves. Esto no es un detalle menor, al menos para mí. Es, de hecho, mi principal interés en la vida, o al menos uno de los más persistentes. Aves que no conocía, colores que no había visto, movimientos distintos. Me pasa algo con eso que todavía no termino de entender del todo, pero que tiene que ver con una forma de atención distinta, más lenta, más precisa. En medio de la intensidad de la feria, de las conversaciones, de la información constante, encontrar esos momentos de mirar un pájaro sin saber bien cuál es fue casi un descanso mental. Como si el cerebro dijera “ok, esto no hay que procesarlo, solo mirarlo”.
Y después está la comida. Mi segunda gran motivación vital, sin exagerar. Comí muy bien. Muy. Y comí mucho dulce, que es algo que en Buenos Aires hago con más culpa de la que me gustaría admitir. Allá no. Allá fue más bien una especie de entrega total. Postres de todo tipo, combinaciones que no termino de recordar pero que sé que me sorprendieron. Me traje la valija llena de cosas dulces, literalmente. No sé bien cómo voy a administrar eso en las próximas semanas, pero ese es un problema del futuro.
La feria fue otra cosa. Estuve todos los días. Y cuando digo todos, es todos. Desde antes de que abra hasta momentos en los que ya debería haberme ido pero no me iba. La vi en distintas versiones de sí misma: la previa, más íntima, más técnica; la inauguración, con ese nivel de energía medio desbordado; los días de público más especializado; los momentos más abiertos, más heterogéneos. Y algo que me llamó la atención —porque no siempre pasa— es que no perdió intensidad. No hubo un día “bajo”. No hubo ese momento en el que uno siente que ya está, que lo interesante pasó. No. Se sostuvo.
Sobre lo que vi en términos más concretos ya escribí algo. No voy a repetir eso. Pero sí me interesa decir algo sobre el clima general. Los galeristas, los artistas, la gente en los stands… había una especie de entusiasmo que no era impostado. Eso se nota rápido. Gente contenta de estar ahí, pero no en un sentido naive, sino más bien desde una convicción. Como si participar de esa escena tuviera un sentido que iba un poco más allá de la venta o la visibilidad. Y eso, en una feria, no es tan común.
También hubo muchas conversaciones. Algunas más largas, otras más fragmentarias. Gente que conocía, gente que no. Intercambios que quedaron a mitad de camino y otros que siguen ahora por mensaje. Me gusta pensar que ahí es donde realmente pasan cosas, en esos cruces medio desordenados, en ese “después seguimos hablando” que a veces se cumple y a veces no.
No tuve tiempo de turistear. Nada. Ni un paseo armado, ni una visita más allá de la feria que no estuviera atravesada por el trabajo. Y sin embargo, no lo sentí como una falta. Capaz porque el viaje ya estaba suficientemente cargado. Capaz porque esa forma de recorrer —más concentrada, más específica— también tiene su lógica. Igual, hay algo ahí pendiente. Lima no se me terminó de mostrar, y eso está bien.
Ahora estoy trabajando en una especie de review de mis artistas favoritos de la feria. Digo “favoritos” pero en realidad son descubrimientos. Gente que no tenía en el radar y que me interesa mirar con más tiempo. Y eso implica frenar un poco, leer, ver, no escribir cualquier cosa. Así que no va a salir ya. Prefiero tardar y decir algo que tenga sentido, antes que apurarme y caer en esa especie de entusiasmo vacío que a veces circula después de las ferias.
Volver a Buenos Aires fue raro. No por la ciudad en sí —que siempre tiene algo de familiar que me acomoda— sino por el contraste de ritmo. Ayer, por ejemplo, estaba caminando y sentí que todo iba más rápido, pero no necesariamente mejor. Como si la energía estuviera más fragmentada. No sé, capaz es solo el efecto rebote del viaje.
Hay otra escena que me quedó. Llegué a casa, abrí la valija (llena de chocotejas, como ya dije) y me senté en el piso. No hice nada durante unos minutos. Ni desarmar, ni ordenar. Solo mirar todo eso que había traído. Pensar en cada cosa como una pequeña extensión de esos días. Y ahí apareció algo de cansancio, sí, pero también una especie de agradecimiento medio difuso. Haber estado ahí, haber podido ver todo eso desde adentro, no es algo que doy por hecho.
Y en medio de ese aterrizaje medio torpe, ya estoy pensando en lo que viene. Este miércoles voy a estar en Biga Art Gallery, que arma una casa abierta para despedir “Ellas, tres rostros de lo sagrado”, con obras de Xil Buffone, Richar de Itatí y Marcela Sueldo, bajo la curaduría de Laura Casanovas y Julio Sánchez Baroni. Me interesa ese formato de casa abierta, esa cosa más descontracturada, más de encuentro. Capaz nos cruzamos ahí.
Y el sábado tengo planeado ir a la charla con Cecilia Jaime el PROA. Me intriga por varios lados. Por el cruce entre disciplinas, por la idea de experiencia de la luz, por cómo se conecta con algo que vi hace poco en esta muestra y sobre lo que escribí. No voy a entrar en detalle ahora, pero hay algo ahí que sigue resonando. Una forma de trabajar con la percepción que no se agota en la visita.
Sigo con la cabeza un poco cansada. Eso se nota incluso escribiendo esto, que va y viene, que no termina de cerrar en ningún lado. Seguro hay cosas que me estoy olvidando. Momentos, nombres, imágenes. Pero también me gusta que sea así. Que no todo quede fijado en un texto, que algunas cosas aparezcan después, en otro momento, capaz en redes, capaz en una conversación.
Hay algo en volver que siempre me deja en un estado medio raro. Como si todavía estuviera un poco allá, pero ya no del todo. Como si el cuerpo hubiera llegado antes que la cabeza. Y en ese desfasaje es donde aparecen estas escrituras, un poco desordenadas, un poco en proceso.
Si nos cruzamos esta semana, probablemente esté así. Un poco cansada, un poco acelerada, un poco pensando todavía en Lima. Pero también con ganas de ver qué pasa acá, en esta ciudad que nunca termina de estabilizarse del todo.
Nos vemos ahí.
Julieta



